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Tras la primera guerra mundial el colapso del Imperio Austrohúngaro dio lugar a la creación de la primera república de Austria, un pequeño estado de poco más de 80.000 km² sin acceso al mar y con sólo 6,5 millones de habitantes. Casi una décima parte de lo que había sido el imperio. Austria era la parte más visible de la reconfiguración de Europa central y oriental que se hizo en los tratados de Saint-Germain y Trianon. Estos tratados desmantelaron Austria-Hungría obligando a los dos reinos centrales del antiguo imperio a ceder territorios como el Tirol del Sur y la península de Istria a Italia, Galicia a Polonia y Transilvania a Rumanía. Junto a eso se formaron dos nuevos Estados: Checoslovaquia y Yugoslavia. Austria se encontró ante una formidable crisis de identidad que también era económica y política. Sus mercados naturales se evaporaron y con ellos recursos esenciales. Viena, la que había sido hasta poco antes una flamante corte imperial que miraba a París de igual a igual, se convirtió en la capital de un Estado pequeño y vulnerable con una economía arruinada e inflación galopante. Todo agravado por el sentimiento de derrota y la dependencia de créditos internacionales.
El Imperio Austrohúngaro, un crisol de culturas en el que se hablaban varias lenguas, había lidiado durante décadas con tensiones nacionalistas. Las políticas lingüísticas, como la Ley de Minorías de 1868, intentaron reconocer la pluralidad, pero el alemán y húngaro predominaban en la administración, la cultura y el comercio provocando malestar entre las diferentes etnias del imperio. Los tratados de posguerra querían crear estados étnicamente homogéneos, pero la prohibición de unir Austria a Alemania, estipulada en Versalles y Saint-Germain, frustró a muchos austriacos que veían en la unificación con Alemania una solución a la tragedia económica de posguerra. Se celebraron dos plebiscitos, uno en el Tirol y otro en Salzburgo, en los que más del 90% de los votantes lo hicieron a favor de unirse a Alemania, pero fueron ignorados, alimentando un resentimiento que el nazismo explotaría.
La joven república austriaca se encontró a solas presa de una inestabilidad política crónica. Los socialdemócratas ganaban las elecciones, pero los conservadores gobernaban mediante pactos entre ellos. En los años 30 el sistema se desestabilizó. Engelbert Dollfuss, canciller socialcristiano, dio un golpe de Estado en 1933, suspendió el parlamento e instauró una dictadura con la protección de Mussolini. Puso al margen de la ley a los nazis, a los socialdemócratas y a los comunistas, pero su régimen represivo debilitó a la oposición, facilitando así el ascenso de los nazis. En 1934, Dollfuss fue asesinado por un grupo de nazis austriacos, lo que llevo al poder a su ministro Kurt Schuschnigg, que mantuvo la dictadura y la alianza con Italia.
El acercamiento entre Mussolini y Hitler tras la firma del acuerdo del Eje selló la suerte de la independencia austriaca. En 1938 Hitler impuso un ultimátu